El
traqueteo del tren adormilaba mis sentidos en las inmediaciones de esta impronunciable ciudad situada
estratégicamente entre montañas y regada por el río Ljubljanica. Pero al llegar
allí, mis sentidos volvieron a su ser. Sinuosas calles vestidas de piedra. Un
castillo coronando la ciudad desde lo alto de una colina, forrada de espeso
bosque y cuyo acceso a pie era tremendamente difícil, especialmente ahora que
la nieve se acumulaba en los rincones más precisos. Bellos y numerosos puentes
arqueando el río. Atardeceres de ensueño seguidos de una mágica iluminación
nocturna al caer la noche.... parece que hablase de un cuento de hadas, y es
que Ljubljana podría ser el perfecto escenario para ello. Al caminar por sus
calles pierdes la noción del tiempo y te adentras en un paradójico mundo de
dragones y princesas, algo a lo que ayuda el hecho de que un dragón sea el
símbolo de la ciudad.
