La
nieve me ha absorbido por completo en estos dos últimos días, metafóricamente
hablando. Traté de evitarlo, pero finalmente me di por vencido y decidí
disfrutar como aquel niño con zapatos nuevos que dio lugar a esta frase tan recurrida.
Como consecuencia, mi estancia en Zagreb se ha visto monopolizada por ella, al
igual que las fotos y todo cuanto ahora mismo pueda decir sobre la ciudad.
Aunque creo que no habría podido ser de otra manera con tal grosor de nieve
cubriendo las más céntricas plazas y avenidas.
No
obstante, esto no me ha impedido percibir la esencia de Zagreb, la “pequeña
Viena”, capital de Croacia, el país donde se inventó la corbata, pedazo de la
antigua Yugoslavia… son muchas las etiquetas que se le dan a esta región, pero
voy a utilizar una propia: aquí ya huele a Europa. Croacia va a ser el segundo
esqueje de Yugoslavia, tras Eslovenia, en pasar a formar parte de la UE, y lo
hará el próximo año, el 1 de julio exactamente. Desde que en 1995 se diese por
terminada la Guerra de Independencia, sus sucesivos gobiernos y su gente se han
esforzado concienzudamente en dar carpetazo a ese oscuro pasado tan reciente,
borrando las huellas de la guerra de sus calles y edificios, aborreciendo toda
conexión con la antigua URSS y renegando de sus vecinos ex–yugoslavos, a los
que miran ahora por encima del hombro mientras alzan sus mentones tratando de
poner sus cabezas a la altura de las grandes Alemania y Francia.
